Viernes. Llega el viernes y mi
última clase es con quinto de primaria. Bueno, pues. Alisto mis cosas. Junto
mis papelitos. A tres metros del aula, una profesora me dice que se han ido
como diez chicos porque todos estaban enfermos. Entonces entro al salón y veo
once estudiantes mal parados. Parecen una selección de segunda. Les digo que
parecen una selección de segunda y ninguno me dice nada. Me río bajito. Luego
pregunto quién es el asistente de esta semana y me dicen que Rodrigo. Pregunto
dónde está Rodrigo y me dicen que Rodrigo se ha ido a su casa porque estaba
enfermo. Pregunto por el asistente sustituto y me dicen que Maricielo se ha ido
a su casa porque estaba enferma. Arturo me dice que todo eso pasa porque es
viernes 13. Me dice que el viernes 13 es un día de mala suerte, porque él
también está enfermo, pero no han venido a recogerlo debido a que nadie
contesta en su casa. Le digo que espere al recreo y, si quiere, llamamos de
nuevo. Pero que ahora se siente, le digo. Los demás siguen correteando. Me
pregunto en qué estaba pensando cuando acepté enseñar a primaria. Pasan varios
minutos hasta que todos están sentados. Sentados se ven como un equipo entero
en la banca. Abrimos el libro de texto en la página 26. Le pido a Marco que lea
un párrafo y lo lee con voz de sonámbulo. Le pregunto si está bien y me dice
que le duele mucho la cabeza. Le digo que ya falta poco para el recreo, que
espere un poco. Marco acepta de mala gana. Noto que he olvidado mi inhalador en
casa. Respiro.
En el recreo, llevo a Marco a
Coordinación y lo dejo ahí, sentado. Aprovecho para sacar el proyector, de paso.
Pienso que podemos ver Arnold, porque la última vez que vimos Arnold todos
estaban emocionados. Hago click y saltan un millón de ads pornográficos. Trato
de cerrarlos rápido, pero Jorge ya está con los ojos cuadrados. Reproduzco el
episodio antes de arruinarle la infancia a otro chibolo. El episodio se llama “Viernes
13”, en honor al día, y en él vemos cómo Arnold y Gerald desafían varias
supersticiones mientras que Wolfgang, un chico de quinto grado, sabotea sus
planes como una nube negra que los persigue a todos lados, causando mala suerte
aquí y allá. Los muchachos se ríen demasiado. De vez en cuando, saltan,
emocionados. Es así como Diego desconecta el proyector y todos saltan encima de
Diego, tratando de matarlo. Les digo que se sienten y conecto el proyector de
nuevo. Esta vez, la imagen no se proyecta más. Todo lo que vemos es un recuadro
azul en la pizarra, de modo que nos sentamos alrededor de la laptop. Algunos
todavía miran a Diego como si quisieran comérselo. Me quedo otro rato después
de la clase para revisar cuadernos. Repaso la montaña de cuadernos como si
fueran informes del holocausto. A todos les pongo mi firma. Regístrese y
archívese. La mayoría no han hecho las actividades.
Luego toca asistir a la reunión de los viernes. Esta es una
reunión especial porque cae justo en viernes 13. Aquí es cuando recuerdo que
tomar tanto café me hace daño. Me provoca unos gases horribles, así que me
siento en el rincón más lejano del aula, lo más lejos posible de mis colegas
profesores. La reunión se acaba y salgo para mi casa. En el camino, Óscar me
cuenta de sus figuritas del mundial. Óscar también intercambia figuritas. Justo
al despedirme, piso una grieta y me doblo el pie. Tengo que llegar a mi casa
cojeando y con una respiración medio ronca, medio flemosa. Son casi las cuatro
de la tarde y todavía no he almorzado. Veo la fecha en mi calendario y recuerdo
que ya toca pagar el alquiler del cuarto. La casera, por otro lado, ya colgó la
cuenta del agua en la pared de los comunicados. En la olla sucia, todavía
apestan los restos de macarrones con queso. No, pues: mejor no comerlos. Me
preparo un pan con huevo para celebrar mi pobreza. Mi huevo frito se cae al piso
y tengo que recogerlo con polvo y con pelos. Luego me baño con agua fría. Creo
que necesitaba ese baño. Luego me siento en el retrete. Escribo esto. Exhalo.
Luego me fumo un cigarro.
Escribe César Mendoza
Ilustración de Alfredo
