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UN PARAÍSO INFERNAL

Ahora mismo me encuentro en un cerro donde se puede ver toda la ciudad. Solo traje mi pequeña grabadora con la que estoy filmando ésto. Soy de esas personas que les llega a cansar las calles, el trabajo y el color gris. Cuando me siento así, vengo a este tipo de lugares (la grabadora filma los árboles de eucaliptos y pino y los cerros) para despejar la mente. He leído un texto, donde el personaje puede sentir esta tranquilidad que siento ahora; sin salir de la ciudad infernal. Claro que admiro su coraje porque lo que hace conlleva un gran riesgo. Bueno, ya acabamos por hoy. Que tengan buena tarde”.

Comencé a sentir náuseas antes del desayuno. Toda mi familia está en la cocina. Hay pan, huevos, café y queso. Con sólo imaginarme el desayuno, de nuevo sentí náuseas.

Aún no me había levantado de la cama. Mi padre gritaba mi nombre “¡…!”. Entonces tenía que salir de mi comodidad. Puedo ignorar cualquier mandado de quien sea, pero al de mi padre no. Tuve que salir con las zapatillas negras y mi pantalón negro. Odio salir con sandalias. Mis zapatillas favoritas son las convers con la punta blanda, esas zapatillas icónicas de la moda grunge. Bajé las escaleras para ir a la cocina. Ya todos terminaban su desayuno. Mi padre estaba lavando su plato. Sentí  el olor del aceite y me dió náuseas. Evité toser cuando mi padre estavo cerca. Mi familia no está preparada para decirles sobre mi adicción.

Mi tía estaba guardando los platos limpios. Mi padre ya se fue, sonó la puerta. Los demás salían a sus trabajos esclavistas. Mi plato estaba servido, arroz con huevo frito. Sentía náuseas otra vez. Esperaba que mi tía saliera, pero seguía ahí. Comencé a comer por compromiso. Muchos dicen que saltarse el desayuno es malo, pero creo que ellos no saben de la droga que sinteticé. Fue a las cinco de la mañana que encendí mi invento, cuando todos dormían. Mi droga hace que no tenga hambre, que no tenga ganas de dormir y quema la grasa que tengo en el cuerpo.

La yema del huevo estaba intacta, los bordes estaban dorados. Rompí la capita de la yema. Ver como la yema se desplaza en el arroz: me dió náuseas, tuve que aguantar. Sentí la bilis en mi boca y la volví a tragar. Comí hasta acabar el plato.

Subí las escaleras. En mi cuarto no había mucha luz. Las ventanas seguían cerradas. Al tirarme a la cama sentí que caí sobre una cajetilla. Me asusté. Creí haberla aplastado.  Menos mal no fue así. Los cigarritos X estaban intactos. Escuché a alguien salir de casa. Ya no había nadie. Mi tía es la última en salir por la mañana. Dentro de mi cuarto macabro; saqué un cigarrito. Abrí las ventanas para que el humo salga. Lo malo es que los cigarritos X (la droga que inventé) se consumen rápido, pero eso no quita su efecto. Tiré la colilla por la ventana y procedí a acostarme en mi cama y mirar al techo. Veía el cuadro El Jardín de la Delicias de Bosco. Me introducí en la parte del paraíso, escuchaba el agua de la fuente de la vida. Ví a Dios presentar Eva a Adán. Hay una fiesta en la parte central de cuadro, chicas blancas con coñitos pelados, frutas tropicales que simbolizan el deseo. Todos bailan elogiando el placer de la vida. Y en una parte alejada de las fiestas, Juan señala a una mujer asustada. Todo es placer. sexo y placer. Caminé hacia el infierno lúgubre, los llantos se podían escuchar, también el sonido de los instrumentos que hacían sufrir a los pecadores. Crucé el rio congelado y vi a un demoniopájaro devorando a un hombre. Me llamó la  atención un pentagrama tatuado en unas nalgas, pregunté al  demonio si lo podía tocar, pero creo que  no me entendió. Decidí ir a otro lugar, a otro paraíso. Fui a mi ciudad mental, sentía el viento gélido del paraíso. La ciudad estaba tranquila, la gente seguía igual. Mis ciudadanos me saludaban. Caminé hacia el campo rojo y admiré los tres soles. Un carrito rojo cruzaba el campo. Silbé y paró. Le dije si me podía llevar a la playa Pocitos. Aceptó y subí. En el carro se escuchaba Midnight Rider de Greg Allman. Llegamos y caminé hacia la orilla y sobre una banca, estaban sentados Onetti y Cortázar, compartían un mate. Quise acercarme a ellos para que me inviten un poco, pero ya estaba volviendo a la realidad. Vi las manchas de mi techo y las ramas del árbol de mi jardín.

Al terminar mi viaje tuve que volver al infierno. Salí de casa para ir al cementerio. Había gente con ramos de flores y claveles. Es medio día. No tuve náuseas. Los niños corrían sobre las tumbas sin respetar a los muertos. Yo no tengo creencia, pero a los muertos se les respeta. Las náuseas regresan, esta vez con un poco de comida, no pude contenerme hasta el baño. Vomité sobre la tumba de Gisela Abigail Herrera Cumbia, 12/06/99 – 11/08/2018. Nadie parecía darse cuenta de lo que hice. Miré la mancha vomitiva y sentí los ojos de Gisela penetrarme hasta mi paraíso. Un niño venía hacia mí, él saltaba y sentía temblar el piso de piedra. Se acercaba más y corrí a esconderme hacia los baños mugrientos. Espié al niño por el agujero de la puerta, y lo ví alejarse. Salí del baño asqueroso, pero otra vez las náuseas regresaron. Volví a ese baño para arrojar lo que quedaba de mi desayuno. Tiré la palanca y salí hacia las tumbas. Fuí a ver a mamá para saludarla, en el lugar nuevo para lo muertos. En el primer instante me percaté de su tumba. “(…)” nació: … y murió: … Abrí esa puertita de vidrio, Limpié su lápida y acomodé las rosas artificiales. Puse un collar de conchitas marinas que un amigo dejó en casa. La cerré y me senté. Saqué un cigarrito X, lo encendí sin producir ninguna disonancia como aquella vez que fumé un cigarro  canceral en la universidad. Mis cigarritos X nos emiten olor horrible. Tienen un aroma a incienso de limón. Miraba fijamente la lápida y el efecto hizo que mamá saliera. Esta vez en su forma más humana. “Mamá ¿Cómo estás?”, “Asustada”, “¿Por qué?”, “Tengo miedo que haya una tercera guerra mundial. Medio Oriente parece que es el punto”, “Tranquilízate mamá”, “Cómo quieres que me tranquilice si van a morir inocentes por intereses de  cerdos”, “Mamá, cálmate”. “¿Cómo está tu padre?”, “Igual. Ya sabes cómo es el Viejo amargado”, “¿Qué pasó ahora?”, “Rompí su cuadro , el de El Corazón de Jesús con mi puño, estaba molesto por que me rechazaron nuevamente. Mi mano estaba repleta de sangre y me sentía bien mirándola”. La imagen de mi madre fue perdiéndose. No se despidió como tantas veces. Era hora de volver a casa.

Al salir del cementerio me encontré con una amiga. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Caminamos hacia el centro. Medio que no la estaba pasando bien en su trabajo de docente en la universidad. Preguntó por mi trabajo y le dije que estoy bien en el hospital. “Mis pacientes andan bien. No hay tantos enfermos mentales en esta ciudad”, “Ya encontrarás a varios como tú”. Decidí invitarlé un helado mientras caminábamos por la calle peatonal. Ella escogió de chocolate. Yo no sabía qué escoger, llegaron las náuseas en un mal momento, pero tuve que contenerme, pues varios ojos estaban fijos en mí. Entonces dije: “Deseo de maracuyá”.

Salimos de la heladería. Cada quien saboreaba su helado en silencio. Cerca de la esquina vimos a un borracho que estaba dormido en la vereda. Un joven, con la frente grande, tenía una pelota de básquet en sus brazos. Se fue a despertarlo y darle agua. El borracho bebió un poco y luego escupió al joven. El borracho dijo: “No necesito ayuda de nadie. Ni Dios debe ayudarme”. El joven, asustado se fue.
Ambos vimos lo que pasó. Doblamos en la esquina. Ella recibió una llamada. Cambió la expresión en su rostro.  Sus ojos se hincharon y formaron un poco de lágrimas. Guardó su celular y me dijo, apoyando su cara en mi pecho: “Mis padres murieron. Una piedra grande cayó sobre la moto-taxi en la que iban (Me abrazó más fuerte; lloró. Mal momento para que las náuseas lleguen, pero tuve que disimular. Es mi amiga y tengo que ayudarlo)”.

La llevé a mi casa, pero no quiso entrar. Nos quedamos sentados en la vereda. No estaba tranquila. Y no lo iba a estar, esa llamada deshizo su alegría: “Mejor será que vayas a casa”, “Aún no. Ahí lloraré y me deprimiré”. Entonces recordé el proceso de luto. Tendrá que aceptar la verdad del fin de todo ser.

Ya era hora de almorzar y vi a mi padre llegar. Ella y yo seguíamos sentados. Me sentía ansioso porque él estaba viniendo. A mi padre nunca le agradó mi amiga, ya que era fiestera. Ella también lo vio. “Ya viene tu padre, mejor será que vaya a  casa. Ya estoy un poco  más tranquila”, “En la noche iré a verte, vale. Voy a llevar alitas picantes”, “Gracias amigo, te espero”. Paré un taxi y se fue.

Almorzamos como un día más sin novedad. Al terminar el seco de carne, mi familia se fue a gozar del sueño de la tarde. Yo tenía que ir a trabajar. En mi casa, a esta hora, no puedo fumar. Salí rumbo al trabajo. Ya eran las tres de la tarde y caminaba hacia el hospital. Allí fumaba en el último piso. Decidí entrar por emergencia. Subi las escaleras hacia el segundo piso. Luego subí al tercero donde están los hospitalizados. Ayer hubo un accidente, dos camionetas se chocaron contra un muro. Según mis colegas dicen que sobrevivieron y están en este piso. Tuve ganas de ir a verlos. Fui hacia las salas. Y me topé con lo seres, ya no deseaba verlos. Con el pelo rapado y lentes, sentado en una camilla con heridas en el rostro y muchas vendas en los brazos, era mi tío, alguien que me hizo mucho daño. A su costado estaba su madre (También lo era de mi madre) postrada en la camilla, toda vendada y con tubos de oxígeno que salen de su nariz. Al parecer ella es la paralítica del accidente. Los vi así y recordé los daños que me hicieron cuando niño. Muchas cosas se quedan en éste cráneo y se irán conmigo a la tumba. Salí del tercer piso hacia la terraza del hospital.  Veía la ciudad en donde vivo, la ciudad que yo llamo: “Infierno”. Ciudad donde la ignorancia es el pan de cada día, donde los borrachos despiertan en las calles. Aquí la mayoría de estudiantes son manipulables y tontos, por eso los que tiene la cabeza roja los captan y dejan que ellos hagan la praxis. Aquí algunos siguen soñando con la estrella roja, pero solo sueñan. Aquí, en la Pequeña Capital, cualquiera puede tener título, pero menos conciencia. Aquí el arte vale menos que una entrada a una discoteca. Aquí el arte es decorativo. Me enorgullezco de ser un error del sistema, que piensa y razona. No soy el único, somos pocos, pero existimos. Por eso inventé esta droga, que tengo entre los labios, para vivir entre todo este infierno, con todos sus demonios sin cuernos. Ahora miro la ciudad, con el cigarro X entre mis labios, que me llevan a mi paraíso. Ya es hora de encenderlo.

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